Desde La Casa de Gestalt, os deseamos un feliz tiempo de Navidad.

El ángel de la Navidad

I

El ángel no llegaba. Y no porque no fuera esperado con ganas. Simplemente sucedió que fueron pasando primero los días, y finalmente las horas, sin que se supiera nada de él.

Extraño, porque ni la guerra, ni el dolor, ni la muerte, ni la crueldad, ni la ausencia, ni el expolio, ni la materialización de algunas de sus peores pesadillas y de otras desdichas con las que nunca había atormentado su imaginación habían retrasado antes sus encuentros.

El ángel no llegaba cuando ya la tormenta había cesado.

Ella lo echaba en falta. Había oído hablar de aquello, incluso se había parado a imaginarlo algunas veces, pero nunca antes lo había conocido en realidad.

Tenía aquel tiempo un nervio que la conectaba con lo más vibrante de la vida. Por encima de todo, se le imponía la celebración de una certeza, de una experiencia íntima y compartida, por la que valía la pena encender una luz en la oscuridad, luchar de alguna forma por el mundo, proveer la mesa, preparar un nido, reunir a su gente o a su propio corazón, si se terciase, y recordar lo constatado: que a cada momento era de un modo u otro bendecida y que sus más profundos anhelos tenían una respuesta y un sentido capaz de desbordar con creces lo que ella era capaz de comprender.

Cuando llegaba el ángel, llegaba con él también el empuje para mantener el rumbo en aquel torbellino de ruido, colores, bombillas y reclamos que todos los inviernos se desataba, desafiar el cansancio, la rutina y la locura,  limpiar los rincones y abrir las ventanas de su corazón para ser dulcemente invadida. El tiempo olía a especias, el agua se trocaba en vino, los extraños se revelaban hermanos, las caras de sus vivos se arracimaban, luminosas, dispuestas a seguir tejiendo juntas el tapiz en el que todos encontrarían su lugar en este mundo y en el otro, y las almas de sus muertos volvían a visitarla para fortalecer su interior con aquel amor ya acrisolado.

Sin embargo, avanzado ya el día, el ángel no llegaba.

II

Ausente de él, se encontró en medio de esa posguerra que extiende su niebla gris y fría cuando ha pasado la euforia de celebrar que la guerra se acabó, cuando se muestran ante nosotros con toda su descarnada desnudez las desapariciones, las pérdidas, el mundo roto – irrecuperable – en cuyas ruinas reconocemos restos de lo que amamos, en la añoranza que se yergue después de que la muerte nos exalte el amor, el valor y la vida, en la orfandad pura y simple, despojada de los niños perdidos y de los niños muertos, desposeída de tantos, asediada por antiguos fogonazos de amor convertidos en fantasmas dolorosos y ausentes, descubriendo que los recuerdos dulces se habían ido llenando de espinas, las alegrías se habían vuelto fuentes o  amenazas de pesar, que a sus más primitivos, arraigados e innegables tesoros los estaba desafiando la carcoma, que la erosión se estaba haciendo cargo de su mundo y rozarlo siquiera no la enraizaba en el presente sino que la sumía en una tristeza descolorida, sorda y exhausta.

Fue una más en la muchedumbre transida de habitaciones silenciosas, mesas desiertas, cocinas frías, negruras, tierras extrañas, necesidad, enfermedad, abandono, soledad, muerte, exilio, desesperación o tragedia, nostalgias crueles, pasos descorazonados y desesperanzas vistosas o metódicas, decadencias y duelos. Se asomó a la noche de paz con la desolación con la que se aproximan todos aquellos para quienes es noche de dolor ineludible, incapaces de alcanzar la bendición de dormirla con indiferencia, de que el dolor no se vea azuzado absurdamente por el simple transcurrir del calendario, sin otro motivo que el giro de la rueda de los días y el puntual regreso de un tiempo cuyo poder no pueden esquivar sin renegar profundamente de sí mismos.

Sólo estaba quieta viendo avanzar la tarde, con el corazón aterido, contemplando su estado sobrecogida, preguntándose si aquello iba ya a ser así una y otra vez para siempre.

III

El ángel llamó a su ventana cuando la luz se volvió azul y las farolas empezaron a brillar como pequeñas joyas mortecinas. Cuando ya no había tiempo para nada. Era el ángel que andaba más despacio, el que cantaba más suave, el más silencioso y discreto de todos los que había conocido. No henchía el aire con anuncios magníficos, no levantaba su ánimo con ningún brillante instrumento musical de las alturas, ni a ella le dieron ganas de hacer ponche o chocolate, ni de encender velas para celebrar su llegada. Por no darle, no le dieron ni ganas de moverse del sofá.

Era un ángel muy pálido, decepcionantemente transparente, que preparó una infusión que apenas sabía a hierbas silvestres, la sirvió en dos tazas gemelas y se sentó a su lado.

Sin soluciones, ni milagros, ni palabras inspiradoras.

Era tarde, la noche santa se aproximaba y el mensajero no traía remedios. Tan sólo su presencia apenas perceptible. Ella se apoyó en el respaldo. Bebió un trago de aquella agua caliente. No sabía si se había quedado ciega o si por fin tenía los ojos claros.

– ¿Y ahora qué?

Descubrió que su discutible espiritualidad estaba en un estadio tan inmaduro que era capaz de ver a un ángel encogiéndose de hombros.

– No creo que pueda estar de ninguna manera más que triste.

Fue su voz lo que llenó la habitación y ensanchó su pecho, lo que de pronto la hizo libre, dio brillo a su dolor y entidad a su desaliento.

– Dime que estoy equivocada.

La mirada del ángel entró por la suya propia, se paseó por su mente, se metió en su corazón, escudriñó su alma y al fin le devolvió una sonrisa suave y nimia que, hasta donde la entendió ella, la legitimaba.

Porque es verdad que a veces uno no puede, que la vida pesa demasiado y el mundo se vuelve terrible. Y entonces es difícil distinguir entre la paz y la anestesia.

Se tragó el resto de la infusión ya fría. Si ése era el anuncio, aquel espíritu celeste se podría haber ahorrado el viaje.

El ángel desplegó entonces las alas, que eran enormes, de un color ceniza muy tenue. Crecieron hasta envolver la habitación en una crisálida aterciopelada y leve, rozándole a ella la espalda, provocándole un escalofrío. No debería estar siendo capaz de tocarlo. Seguramente, ni siquiera debería ser posible formular un concepto semejante.

– ¿Qué estás intentando entender?

Nada, pensó. Nada.

Y en la nada gris que la rodeaba empezó a ver gentes que sabía bien que no podían estar allí. Gentes esforzándose en vivir. Luchando, rindiéndose, desgañitándose, desesperándose, jugando a mil juegos, celebrando o llenándose de amargura, hiriéndose, matándose, salvándose la vida, creando, ilusionándose, apostando, soñando, fracasando o llenándose de satisfacción, maltratándose y manipulándose, aprendiendo a amarse con el corazón entregado, riéndose y llorando, muriéndose y naciendo… A la vez compañeros y oponentes, enemigos y hermanos, solos e indisolublemente unidos.

Desde su corazón vencido, los contempló con inocencia, se vio en todos ellos y en ninguno y se llenó de compasión. No esperaba nada. No podía con nada. No juzgaba nada. Los veía y apreciaba su humanidad tenaz y frágil. Eran conmovedores, como ella misma, metidos en una empresa que no podían ni entender, ni abarcar, ni soslayar. Eran ella y no eran. Y era el dolor de todos una llave que le volvía suave y cierta la mirada.

Desde su corazón vencido, no podía al fin hacer otra cosa que dejarse caer.

IV

El ángel se marchó con tanta discreción como había hecho acto de presencia. Ninguna realidad había cambiado, pero ella estaba llena de humildad y dulzura. No pretendía nada. Sólo estaba. Y en ese estar agrietado e iluminado por la compasión, no había sufrimiento ni lucha, sino un amor muy básico que, aunque no se comprendiera, era lo único que en aquel momento se podía ser.

Nadie sabía qué vendría después, pero el presente estaba claro.

Encendió las velas. Calentó el vino con las especias. Lo que ella no tuviera, ya lo pondrían otros. Descorrió los cerrojos y abrió la puerta con el corazón preparado para celebrar la noche de paz.

Marian Quintillá