Bod Dylan

Bob Dylan

Los que me habéis ido siguiendo sabréis que me he referido a este invierno, en varias ocasiones, como un periodo de duelos y pérdidas. Y cuando hablo de pérdidas utilizo el plural con toda la intención: ha habido pérdidas afectivas, de amistad, materiales, de identidad e incluso de creencias y valores… Si algo estoy aprendiendo, yo, tan reacio a los cambios y a la vez tan alérgico al inmovilismo, es que los duelos forman parte de la vida y que la pérdida es necesaria, puesto que todo cambia. Y lo nuevo, necesariamente, necesita hacerse un hueco entre los restos del pasado, aunque para ello sea necesario algún que otro naufragio.

No hace mucho publicaba una entrada anunciando la primavera y, con ella, mi deseo de que esta época fuera poco a poco llegando a su fin. Supongo que, inevitablemente, así está siendo, aunque es sabido que los duelos llevan su tiempo y tienen sus etapas. Y es mal asunto pretender atajar saltándose alguna de ellas, ya sea de una manera inconsciente, en todo, en parte o en nada. Y así como a esta primavera parece que le ha costado desprenderse de los fríos del invierno, igual los duelos parecen resistirse a terminar de sacudirse de encima los polvos del camino.

Y todo esto me ha llevado, como no, a reflexionar. En concreto, con la temática que he ido siguiendo durante estos meses, de forma más o menos irregular, adornada con el epígrafe (o hashtag, pues así se dice ahora según me cuentan por ahí) #musicayterapia. Pues bien, diría que estoy echando en falta algunas músicas para acompañar las distintas etapas de este largo y árido proceso al que estamos llamado duelo.

Así que… ¡Señoras y Señores!1, les presento el comienzo de un ciclo dedicado a las músicas para duelos. A ver si así damos salida a los últimos estertores de esta bestia agonizante. Y si no lo conseguimos, al menos nos habremos divertido un poco, espero.

¿Y por dónde empezar? Bueno, mucho se ha escrito intentando modelar los duelos en etapas. Todos los que lo hemos vivido podemos reconocernos en mayor o menor medida en algunas de estas etapas, con la salvedad de que la realidad, normalmente, tiene su propia opinión. No pretendo seguir ninguno de estos modelos ni ceñirme a sus esquemas. Simplemente, prefiero que deambulemos entre esos diversos estados en los que los duelos nos van dejando sumidos en un profundo estupor o nos levantan de golpe como si nos pincharan en el trasero.

Y empezaré por el principio. Por el momento de esa sensación de profunda irrealidad que nos acompaña cuando, de pronto, nos damos de bruces con la realidad más cruda. Ese segundo en que la verdad se muestra, a un tiempo, totalmente incomprensible y absolutamente obvia. Ese preciso instante en el que comprendemos que no tenemos más opción que darnos la vuelta y marchar. Y, sin embargo… !Qué no daríamos para que sucediera algo que nos permitiera quedarnos! ¿Os suena de algo?

Con ustedes, rescatada del olvido por mi compañera Rosa Creixell, y sin saberlo ella, aquí está: Bob Dylan cantando «Don’t think twice, it’s all right» ( No lo pienses más, está bien así). Que la disfruten.


1 Véase el énfasis especial que provocaba un intencionado desdoblamiento de género cuando aún no estábamos hastiados de él. Por desgracia, sutilezas del lenguaje como ésta desaparecen con el mal llamado (por no decir malnacido) lenguaje políticamente correcto. En otras circunstancias diría que ojalá merezca la pena, pero en ésta, tengo la certeza de que no va a ser así.