Candle (Vladimir Kush)

Candle (Vladimir Kush)

Hoy, entrando en la noche a través de la que pasamos del día de Todos los Santos al día de Difuntos, estoy haciendo al fin una tarea que tengo pendiente desde hace unos seis años más o menos. Puedo decir en mi defensa ante tanto retraso que no han pasado muchos meses desde que me di cuenta de que tal encargo existía, pero os mentiría si ocultara que llevarlo a cabo me resulta, al mismo tiempo que hermoso, inquietante, que hay una parte de mí para la que sería más cómodo postergarlo, quizá incluso por siempre jamás.

Muchos de vosotros sabéis que mi hermano Alejandro falleció bruscamente en febrero de 2013. Se le paró el corazón mientras escribía un correo electrónico y, aunque pasó algunos días en coma que le permitieron a él ir muriendo y a nosotros ir recorriendo como pudimos el camino hacia el momento de su marcha, no volvió a recobrar la consciencia.

Os hablaría de él, pero no creo que sea ése el asunto. A quienes lo conocíais, no hace falta que os diga nada; a quienes no, dudo mucho que pudiera transmitiros lo que querría.

Sucedió, sin embargo, que varios meses después de su muerte yo tuve uno de esos sueños de los que os he hablado alguna otra vez, uno de ésos que no están hechos para comprenderlos ni para reapropiárnoslos, sino simplemente para vivirlos, y con esa calidad se nos conceden. Una experiencia que nos es dada a través del estado en el que entramos cuando dormimos para que la tengamos en nuestro haber, para que nos transforme por sí misma:

Nos encontrábamos en un planetario en el que había una enorme cúpula transparente para contemplar la bóveda celeste. Como sucede a menudo en este tipo de aventuras, yo sabía que estaba dormida y que él estaba muerto. Me había llamado para pedirme ayuda porque había algo que estaba empeñado en hacer.

Bajo la cúpula, se distribuían en hileras numerosos asientos, al modo de los cines, y en aquel espacio iban entrando, en animados grupos, todas las personas a las que Alejandro había conocido y amado durante su vida, no importa cuánto, dónde o en qué circunstancias. Vosotros, los que lo conocisteis, no lo dudéis: estábamos todos. Él y yo éramos los anfitriones que, por separado para poder abarcarlos, dábamos a los invitados la bienvenida, acogiéndolos con cariño, acompañándolos para que se acomodasen. Yo lo hacía porque él me había pedido que lo hiciera, pero no tenía la menor idea de a qué estaba contribuyendo, simplemente quería tener el gusto de hacer lo que fuera por él.

El ambiente era sereno y alegre. Flotaba en el aire la celebración de aquel inesperado reencuentro. Por momentos, veía a mi hermano con su mujer y sus niños; acto seguido, con unos u otros de sus amigos… Yo también iba de acá para allá, disfrutando de la llegada de esas personas a las que amábamos los dos, familiares y amigos, abrazándolas, guiándolas hasta sus asientos… Tarde o temprano, Alex se acercaría a estar con ellas. No me preguntaba nada. Sólo confiaba en él.

– Os he reunido porque quiero mostraros el rostro de Dios – Me dijo de repente en un aparte.

Aquello sí que no me lo esperaba. Me preocupé. Temí la desilusión que iba a llevarse. Entendía que, en el lugar o el estado en el que él se encontraba tras la muerte, tal experiencia era quizá, dada su  confiada intención, además de posible, sencilla, y podía comprender que, movido por su amor, lo primero que quisiera fuera hacernos a nosotros partícipes pero, desde donde yo lo veía, me parecía evidentemente irrealizable.

No podíamos acceder al rostro de Dios como quería él porque estábamos anclados en este mundo y, aun suponiendo que Alejandro fuera capaz de ponérnoslo delante de algún improbable modo, nosotros seríamos incapaces de comprender siquiera lo que veíamos.

Estuve a punto de decírselo, pero por suerte me di cuenta a tiempo de que él estaba más allá que yo, de que no sabía de qué hablaba y de que sólo podía confiar y callarme. Eso hice.

Cuando estuvimos todos sentados, las luces se fueron apagando solas. Nuestras miradas se dirigieron de una forma natural hacia la inmensa cúpula. Yo estaba desasosegada. Quisiera o no, esperaba algo extraño, dislocador, inaprehensible…

También sentía una irremediable curiosidad por saber si Alejandro comprendía nuestra situación y cómo iba a arreglárselas, porque mi hermano había sido sorprendente toda su vida.

Apareció en la cúpula un gran rostro que ocupaba casi toda su superficie. La cara de mi hermano. Me costó un poco reconocerlo. Tenía la piel suave, de un color gris claro mate. Me hizo pensar en la luna, que refleja en la noche la luz del sol. Había cerrado los ojos. Su expresión empezó a traslucir sobriamente, delicadamente, una felicidad sin límites. Nosotros, al mirarlo, al verle la cara y comprender con nuestro corazón, también fuimos siendo inundados por ella. No veíamos el rostro de Dios, sino que participábamos de lo que experimentaba Alejandro al hallarse ante el rostro de Dios. Y allí estuvimos, juntos y felices, entendiendo sin ideas ni palabras, transportados a esa verdad profunda de nuestra esencia.

Era una forma tan sensible a la capacidad de lo humano, tan evidentemente adecuada, que después, de vuelta, me pregunté cómo podía haber dudado de que Alejandro sabía lo que había venido a hacer.

No le conté a nadie lo que había experimentado aquella noche. Por respeto. Estábamos rotos de dolor tras la muerte de mi hermano y, en aquel contexto, me parecía que aparecer con semejante historia podía parecer estar pretendiendo consolar lo inconsolable o distraernos de lo ineludible. No podía transmitir lo que había vivido. No se puede, todos lo sabemos porque todos lo hemos intentado ingenuamente cuando lo vivenciado nos ha resultado un tesoro. Dentro de mí se quedó. A ratos, guardado; a ratos, acariciado; a ratos, olvidado, incluso.

Hace varios meses, de pronto me volví a acordar, pero esta vez, quizá gracias al tiempo transcurrido, pude mirar un poco más allá y hacerme una pregunta que, en otra coyuntura, seguramente me habría hecho mucho antes: por qué había sido yo la persona a quien Alejandro había pedido ayuda para hacer de anfitriona en su celebración cuando pude haber sido simplemente una feliz invitada.

Y recordé también la vez que, hace muchos años (juro que el contexto le daba sentido a semejante pintoresca afirmación), él había comentado que estaba seguro de que, si en algún momento alguno de nuestros muertos pudiera y quisiera decirnos algo, me lo comunicaría a mí.

Creo que sé por qué. No porque sea mía la prerrogativa de captar los mensajes de nuestros difuntos, sino porque soy lo bastante insensata como para cumplir con el cometido de darlos a conocer. Y esto a pesar de la tenaz racionalidad de mi pensamiento que, del mismo modo que me permite vivir tales experiencias con absoluta certeza de realidad, me cuestiona también exhaustivamente qué rayos es lo que he estado viviendo.

Aquellos de mis amigos mexicanos que en tales días como éstos viven con absoluta naturalidad cómo se abren las puertas entre el reino de los vivos y el de los muertos me dirían: «Pues claro que sí, Marian». Esas amigas mías que reciben tranquilamente las visitas de sus familiares fallecidos de pronto, los que no pudieron despedirse, que a través de tan amorosas cortesías saben de sus muertes incluso antes de haber recibido la noticia, me dirían: «Pues claro, Marian».  Muchos de entre vosotros, que conocéis en carne propia esas cosas que pasan pero de las que apenas se habla porque se salen del paradigma de nuestra cultura me diríais quizá: «Pues claro, Marian». A mí me sigue dando vértigo. 

Me atreveré a decir que Alejandro contó conmigo aquella noche porque quería que os lo hiciera saber y confiaba en ello, en que os hiciera llegar su rostro lleno de felicidad para que pudierais cerrar los ojos y verlo, y pudierais sentiros inundados por esa misma plenitud alegre, inmensa e indescriptible. No porque su mediación sea el único modo de tocar lo divino, como es obvio, sino por puro amor, y me consta que quienes lo habéis conocido concebiréis fácilmente que, si ha podido hacer tal cosa, desde luego la ha hecho.

Bueno, pues me ha costado, pero ya está.

He comprendido que ni siquiera hace falta lograr creerlo: basta con poder vivirlo.

 

Marian Quintillá